THE FOUR HORSEMEN ▴ Born In The Wrong Place

THE FOUR HORSEMEN ▴ Born In The Wrong Place

Muchos de los grandes álbumes grabados durante la ya larga historia del rock, son de sobras conocidos. Esto ha hecho que muchas bandas a posteriori implementen métodos y medidas desesperadas para crear obras que no olvidemos, pero la presión, el factor económico, y las limitaciones artísticas, no perdonan. Actualmente es una apisonadora que se le conoce como cultura de la inmediatez. No nos paramos a escuchar (que es mas importante que hablar), no leemos ni vemos los pequeños detalles, no sentimos el punteo que se percibe en un interludio porque ha sonado el aviso de nuestro móvil, pero pretendemos que una canción nos enamore y se clave en nuestro pecho en sus primeros cinco segundos. Cultura de la inmediatez, sí, algo que los adolescentes actuales llaman la cultura del conejo, por tanto ver porno que intentan poner en práctica sin preliminares.
Durante años he mitificado algunas bandas, álbumes o autores que quedaron en la mas absoluta indiferencia para el ojo público. Algunos de ellos pasaron una época donde contemplaron como se ridiculizaban sus trabajos, y lo peor de todo, cayeron en el olvido (si es que alguna vez se les recordaron). Para mí, eso era un complemento positivo y voy a intentar explicarlo. Me hacía sentir único, porque en ese pozo oscuro no entraba nadie, y sentía que esas melodías, letras, riffs… eran privilegio de unos pocos. Contraproducentemente, uno de mis fines es hablar de ellos. No importa lo que sea, ni el tiempo que haya pasado, la vida va cambiando a las personas y actualmente, me parece odioso que unos pocos nos quedemos dentro joyas imperecederas y artistas que desaparecieron o deambulan sin su merecido estatus. Los ejemplos son muchos, algunos ya se han recogido en documentales premiados, que si no habéis visto, es necesario hacerlo sin mas. Casos como los canadienses Anvil en “The Story of Anvil” o el norteamericano Rodríguez en “Searching for Sugar Man” te permiten reflexionar sobre la sinrazón del mainstream musical.
Y para empezar esta historia alejada de lo habitual, he elegido a The Four Horsemen, una banda condenada y maldita que, pese a tener previamente grabada la fecha de su final, lo tenían absolutamente todo para volarnos la cabeza. Su nombre no fue un homenaje a Metallica ni a su canción de “Kill ‘Em All”. Quienes hemos seguido su corta trayectoria, dudamos que estos angelitos tuvieran a los de San Francisco entre sus influencias, pese a que James Hetfield luciera en multitud de ocasiones su clásico logo en camisetas.
Todo empezó cuando el gurú de la producción Rick Rubin acabó su trabajo con el álbum “Electric” de The Cult. En aquel disco figuraba Jamie Stewart como bajista, miembro oficial del grupo durante sus cuatro primeros trabajos, pero para dicha gira mundial de presentación Stewart pasó a ser guitarra rítmica y reclutaron al bajista de los underground de culto Zodiac Mindwarp and the Love Reaction. Stephen Harris (por aquel entonces conocido como Kid Chaos y luego Haggis) fue el elegido por recomendación de Rubin. La gira acabó y Haggis pidió consejo al mismo Rick Rubin para reclutar a un vocalista con presencia, actitud y formar un grupo de tendencia mas southern, mas macarra, bluesera, pero poderoso en concepto, harto de los delirios de Ian Astbury y Billy Duffy. ¿Y en quien pensó? En Frank C. Starr, al que para ser justos, debería sobrarle una “r” en su apellido. Rubin lo conocía de Long Island NY, de donde ambos eran originarios y le había visto actuar con una banda llamada Sin. (N.d.R. Hay quienes repiten hasta la saciedad que aquellos primerizos Sin se fundaron en las calles de Sunset Strip, pero no fue así, por muy cool que quede escribirlo, eran de NY, siempre lo fueron, y nacieron como ola alternativa a la creciente movida hard-rockera hollywoodiense, movimiento que quedó en nada).
Frank C. Starr era la raíz de una auténtica rockstar, no había que hablar mas. Turbio, peligroso, futuro convicto, problemático, enigmático e hijo de biker enrolado en los 69’ers M.C. de Nueva York. Es decir, no tenía padrinos, no había nada adulterado en él. Un perro rabioso sin collar. Existe una entrevista antigua a Rick Rubin donde éste declaraba que veía a Frank “…atropellando a estrellas ya consagradas de la época”. Haggis contactó con Frank C. Starr y se mudaron, esta vez sí, a Los Angeles (núcleo musical internacional a finales de los ’80) junto al batería Ken «Dimwit» Montgomery, hermano de Chuck Biscuits (Danzig), de nuevo con el Rubin como intermediario.
Rick Rubin hizo de médula espinal en la formación, de capo di tutti capi y ello se trasladó, no solo a que pudieran contactar entre ellos, sino también a que, para su primer álbum oficial, ficharan por el propio sello discográfico de Rubin, Def American Recordings, con mucho, la casa de las muchas obras de rock ahora idolatradas y un modelo de arte musical. Podría citar algunos como el “Reign in Blood” de Slayer, “Shake Your Money Maker” de The Black Crowes o el debut homónimo de Danzig.
Antes de todo eso, en 1989, publicaron un EP (Extended Play) autoeditado de cuatro temas que a día de hoy es ya mítico, muy difícil de encontrar sin reeditar, y con una portada que ha sido y es un icono del rock. Ahí ya estaba el fundador Haggis (que pasó del bajo a la guitarra solista), Dimwit a la batería, el camorrista Frank C. Starr a la voz, mas los recién incorporados Dave Lizmi (guitarra rítmica) y Ben Pape (bajo). En sí el EP no es nada del otro mundo, aunque canciones como “Shelley” me recuerdan irremediablemente a “Keep Your Hands To Yourself” de los Georgia Satellites y su single “Welfare Boogie” a Rose Tattoo y AC/DC pero con el tono chulesco y sureño que siempre tuvo Jim Dandy en los Black Oak Arkansas. En fin, entenderéis que The Four Horsemen en las calles de Sunset Strip a finales de aquella década, era como ver a Tiger King con el pelo cardado y sin mullet. Un auténtico desastre, pero tenían muchas pelotas.
Y llegó su debut oficial, “Nobody Said It Was Easy”, ya con Def American Recordings y producido, esta vez sí, por el mismo Rick Rubin. Portada maravillosa donde las haya, un sonido mas definido, fuera totalmente de las baladas poderosas que encabezaban las listas de éxitos pero con himnos, repito, himnos….uno detrás de otro, pero que ni siquiera el impulso de la MTV pudo hacer nada por ellos. Esta banda de outlaws se hizo mas famosa por su estilo de vida, sus excesos, desquiciaban a cualquier cadena de televisión que quiso abrirle las puertas de sus platós y Frank C. Starr era el rey de la calle, el mentor, el guía de Sunset Strip. Todos sabían (y es totalmente cierto) que Starr se paseaba por Los Angeles con su revolver a la vista, sin necesidad de dar explicaciones. El mismo año de publicación, el vocalista fue sentenciado a prisión por varias peleas y posesión de drogas. Meses mas tarde lo sería por segunda vez por posesión de armas ilegales y droga, pero esta vez durante un año seguido. ¿Y que hay del álbum en sí? Bueno, desde mi punto de vista, actualmente es una leyenda, al igual que el posterior y último. El tema título es lo que yo pondría para entrar en un sucio garito, con mis manos en los bolsillos traseros como si únicamente existiera esa cerveza fría que me espera y yo. Y os contaré un secreto que juraré no haber explicado: “Nobody Said It Was Easy” sonó en mi fallida boda religiosa mientras bajaba las escaleras del hotel-restaurante con mi, por aquel entonces, ya mujer. Y es que escuchar “Hey baby, it’s getting late now and the years are rollin’ on. Ain’t no time to take it easy now, we been goin’ too long…I’m a lover, not a loser, I’m a lonely heart’s one night stand. Not a penny in my pocket, nor a dime in my hand. Let’s hit the door, nobody said it was easy” era digna de nuestro momento. Lo de la letra de “Wanted Man” es perfecta para el mismo Frank Starr, cachonda y apropiada para él. “Homesick Blues”, que me recuerda a los coetáneos The Bottle Rockets, es fantástica. “Tired Wings”, rememorando el sonido slide-guitar sureño que nunca conocieron, y la joya de la corona: “Rockin’ Is Ma Business”, su gran hit, si es que pudiéramos llamarlo de esa manera, versionada por innumerables bandas como Alabama Thunderpussy (amo este nombre), Wasted Theory, Fleshcrawl, Telf, Haunted By Heroes…y un himno perenne en el tiempo.

James Hetfield (METALLICA) con la camiseta clásica THE FOUR HORSEMEN Band

 THE FOUR HORSEMEN 
En 1994, Ken ‘Dimwit’ Montgomery falleció por una sobredosis de heroína en medio de luchas internas para frenar un caos inevitable y de la grabación del que sería su disco póstumo, “Gettin’ Pretty Good At Barely Gettin’ By” (ya sin Def American), que los había echado por su poca repercusión mediática. El resto de la banda quedó destrozada. Su fundador Haggis, junto a Pape, abandonaron el grupo y la grabación se retrasó dos años debido a los múltiples problemas que arrastraban. El hermano de Dimwit, Chuck Biscuits, batería de Danzig, se hizo cargo de la percusión y juntos grabaron otra obra maestra. Mi pregunta siempre ha sido: ¿Qué hubiera pasado si estos tipos se hubieran tomado su carrera en serio? Yo estoy convencido que a día de hoy, serían una banda de culto. De nuevo una portada fantástica, con una familia hillbilly presidiéndola al completo. En este álbum póstumo aparece «Song for Absent Friends», dedicada a la memoria de Dimwit, con un Frank C. Starr pletórico y con el sentimiento a flor de piel cantando “…Todavía veo tu cara cuando cierro los ojos, es duro pensar que te has ido, amigo mío. Aún te llamo y creo que estás ahí, pero no está tu voz al otro lado.” La composición y letras, a falta de Haggis, corrió a cargo de Dave Lizmi, quien asumió y cargó al grupo en su espalda, un grupo desecho y que aún no imaginaba lo peor. Su tema título con esa slide introductoria es apoteósico, con uno de esos estribillos y coros que se te quedan grabados de por vida. “Still Alive and Well”, originalmente de Rick Derringer, la bordan, como unos The Black Crowes desbocados, sin filtros. Y me podéis permitir que dedique unas palabras a mi canción preferida de este trabajo, “What The Hell Went Wrong”. Sí, el título lo dice todo, pero es una interpretación que a día de hoy sigue excitándome tanto como la primera vez que la escuché, el mismo año que se publicó.
En Noviembre del ’95, Frank C. Starr fue atropellado por un conductor ebrio mientras él circulaba con su motocicleta, adivinad cuál. Frank, como su padre, era fanático de Harley-Davidson y circulaba siempre en una por Los Angeles. Durante cuatro años estuvo en coma por daños cerebrales, falleciendo en 1999 con cuarenta años.
(N.d.R: Para los mas mitómanos, Starr está enterrado en el Oakwood Cemetery de Los Angeles County, CA, muy cerca de West Hills, al norte de Malibú. Fred Astaire descansa allí, no creo que sea mal sitio.)
¿Qué fue del resto de la banda? Stephen ‘Haggis’ Harris es actualmente doctor en New York’s Icahn School of Medicine y toca ocasionalmente con The Autonomes, el grupo que fundó cuando era un teenager en Swansea (Gales). «Mi vida fue un horrible cambio mental. A los dieciséis años estaba tratando de inventar estafas para ganar algunas libras y cuando cumplí los dieciocho ya estaba en la portada de Melody Maker y Kerrang. Hice muy buenos amigos y no cambiaría nada, pero el cliché de estrella de rock es cierto. Cuando tenía veintiséis me había quemado de todo aquello”…»Me ha costado un poco acostumbrarse a mi vida actual, pero creo que más para otras personas que para mí. Algunos pacientes me han reconocido en las salas de consulta, pero a un médico se le ve bastante diferente a un guitarrista de rock. Para empezar, he perdido pelo y la barba” dijo Haggis en una entrevista reciente. Dave Lizmi sigue anclado en el pasado, pero me alegra que haya colaborado con Blackberry Smoke en su reciente álbum titulado “You Hear Georgia”, donde ha coescrito las canciones “Live It Down” y el tema título junto al vocalista Charlie Starr. Lo demás es historia.

En definitiva, los fanáticos no siempre encontraremos consuelo en esa mezcla tan descomunal de irreverencia, caos, despropósitos y al final, vulnerabilidad. Es como un relato de cómo lidiar con la muerte, la pérdida y el descenso mas crudo. Pero quienes amamos la música, The Four Horsemen serán siempre parte de nuestra memoria, aquellos que estaban en el fondo de ese pozo donde pocos queríamos bajar. Tampoco había forma de fingir su talento pese a que puedan resultar una “inspiración” para los músicos que se han enfrentado a un retroceso similar en la búsqueda del éxito. Y tened en cuenta algo, Frank C. Starr era una estrella. Probablemente Lemmy y él hubieran sido camaradas en el Rainbow Bar & Grill. Tal vez un día mereciera la pena hablar únicamente de él, así como de otras grandes pérdidas anónimas como Ray Gillen, Mike Starr o Kelly Holland. Son algunos de los que me vienen ahora a mi fundida cabeza.
P.D.: Encontraréis un álbum titulado “Daylight Again” que, pese a publicarse bajo el nombre de The Four Horsemen y a que no suena mal, es un sinfín de disparates que publicó Haggis en el 2009 con demos de los noventa. Ni siquiera está Starr. Como el mismo Haggis dijo: “Es un resultado inevitable. Habíamos evolucionado hasta el punto de ser irreconocibles. Comenzamos como miembros portadores de una tarjeta del club de fans de Bon Scott y terminamos sonando como la banda de un rancho de pollos en Arkansas”.
Reverendo ▴ S A N T A

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